La muerte de Chuck Norris a los 86 años sacudió al mundo del espectáculo, pero su impacto trasciende ampliamente la pantalla. Ícono del cine de acción y referente de las artes marciales, su figura dejó una huella profunda en miles de practicantes alrededor del mundo. Tucumán no fue la excepción. Allí, nombres como Iván Troitiño y Luis Cayatta crecieron bajo la influencia de una generación que encontró en Norris —y en otros exponentes de la época— una puerta de entrada a un universo marcado por la disciplina, el esfuerzo y la superación personal.

“Lógicamente, él fue una de mis inspiraciones. Es más, es uno de los inspiradores de millones de practicantes en las décadas del 70 y 80”, relató Troitiño, quien comenzó su camino en las artes marciales a los 16 años. Su historia deportiva lo llevó a convertirse, en 1989, en el primer integrante de la selección argentina de karate proveniente del interior del país, rompiendo con una estructura históricamente dominada por competidores de Buenos Aires. Desde entonces, su recorrido incluyó torneos sudamericanos, panamericanos y cuatro campeonatos mundiales.

En su caso, la influencia de Norris se vincula directamente con el contexto en el que las artes marciales comenzaron a expandirse en Occidente. “Estoy seguro de que gracias a estos personajes de cine y televisión nos enganchamos millones en el mundo”, explicó.

Iván inició su vínculo con las artes marciales en un contexto muy distinto al actual, donde la información y las oportunidades eran más limitadas. “Yo empecé haciendo judo en el dojo del sensei Roberto Ahualli, en un gimnasio en calle Pellegrini”, recordó. Sin embargo, una enfermedad lo obligó a frenar ese camino inicial y, en su regreso, encontró en el karate —de la mano de un amigo— la disciplina que marcaría su vida. “Después de recuperarme me metí en el karate en Barrio Modelo. Ahí empecé realmente”, contó. Ese primer contacto derivó en una carrera que lo llevó a especializarse en el estilo Shotokan, uno de los más difundidos a nivel mundial.

ANTAÑO. Fotos de Iván Troitiño durante su época como luchador.

En paralelo, Troitiño fue entendiendo el karate no solo como competencia, sino como una filosofía de vida. “El ‘do’ significa camino; es una forma de vivir”, detalló. Esa mirada lo llevó a atravesar distintas etapas dentro del deporte, desde la formación inicial hasta la madurez.

Por su parte, Luis Cayatta construyó una trayectoria igual de sólida, aunque desde una mirada diferente. Con más de 44 años de experiencia y varios títulos en su camino, su vínculo con Norris se dio principalmente desde la admiración por su mentalidad y su ética de trabajo.

“Me influyó mucho por la disciplina y las ganas de lograr el objetivo. Inculcó mucho la disciplina y es digno de admirar”, explicó. Su recorrido comenzó en 1984, luego de probar distintos deportes grupales sin encontrar en ellos la motivación suficiente. Fue en las artes marciales donde halló una lógica distinta, centrada en la superación individual. En particular, el taekwondo le ofreció un marco filosófico que terminaría marcando su carrera: cortesía, integridad, perseverancia, autocontrol y espíritu indómito. “Me quedé con la perseverancia, por la lucha de ir tras un objetivo”, se sinceró.

En ese sentido, la figura de Norris operó como un ejemplo concreto de esos valores. “Era un tipo muy correcto: no tomaba ni fumaba. Y siempre ganaba. Creo que ese era su fuerte; tenía una mentalidad ganadora única en el mundo”, recordó. Más allá de los logros deportivos o cinematográficos, lo que se destacaba era la construcción de un perfil basado en la constancia y el compromiso. “Cuando ves el éxito no ves lo que hay abajo, lo que se sufre. En lo personal, yo sufrí muchísimo para conseguir mis títulos, así como él luchó para ser una leyenda”, agregó, en una reflexión que conecta directamente con la lógica del entrenamiento marcial.

GANADOR. Luis Cayatta exhibiendo algunos de sus títulos que ganó durante su carrera.

Su carrera competitiva fue extensa y exitosa. Se consagró campeón tucumano, regional, nacional y panamericano, y logró títulos internacionales en escenarios como Los Ángeles, Perú y Canadá. Además, fue protagonista en el Vale Tudo, disciplina precursora de las actuales MMA, donde obtuvo campeonatos en Brasil en 2003 y en el Luna Park en 2005. “Quería probarme con distintos estilos, saber cuál era el mejor”, afirmó. Su etapa como competidor se extendió hasta mediados de la década del 2000, pero su vínculo con las artes marciales nunca se interrumpió.

En Tucumán, ese proceso también dejó su marca. Troitiño, tras retirarse de la competencia en 1997, se dedicó a la formación de nuevos talentos, muchos de los cuales lograron incluso superar sus propios registros deportivos. Entre ellos se destacan nombres como Lisandro Fontana y Gonzalo Navarro, exponentes de una nueva generación que continúa elevando el nivel del karate argentino.

Cayatta, por su parte, siguió un camino similar desde la enseñanza, combinando su experiencia competitiva con proyectos sociales y formativos. Su trabajo como instructor de fuerzas policiales durante una década y la creación de un programa de defensa personal contra la violencia de género reflejan una visión integral de las artes marciales, entendidas no solo como deporte, sino como herramienta de transformación.

El legado del actor estadounidense, entonces, no se agota en su filmografía ni en sus logros deportivos. Se proyecta en historias como estas, donde su figura funcionó como punto de partida para trayectorias que, con identidad propia, supieron construir un camino sólido. En Tucumán, lejos de Hollywood, ese impacto sigue vigente. Porque, más allá del espectáculo, lo que perdura es la idea de que el verdadero combate no está en la pantalla, sino en la constancia diaria de quienes eligen recorrer ese camino.